Ayer, 12 de marzo de 2015, se cumplió la profecía de Nietzsche y acabó toda esperanza para la humanidad. A la reciente pérdida de Leonard Nimoy se sumó otra no menos triste. Ayer murió Terry Pratchett.
Días terribles para la cultura occidental en general y para el frikismo en particular, sin duda. Pero os diré una cosa: este deceso me es especialmente duro de asumir.
Y es que, aunque no era un secreto que el hombre llevaba ya unos cuantos años con problemas de salud, nunca se está preparado para dar el adiós definitivo a la persona que más carcajadas ha conseguido arrancarme, que ríase usted de los Hermanos Marx y Charles Chaplin juntos.
En verdad, los libros de Terry Pratchett constituyen una bomba de relojería tras otra, un artefacto insondable y apocalíptico del que resulta imposible hablar en sus presuntas individualidades, sino más bien resultaría más preciso abarcar todo el conjunto en su extensión. Incluso se puede leer al azar, sin que haga falta seguir un orden preestablecido para enfrentarse a su saga de Mundodisco o incluso -qué narices- a sus obras que no pertenecen a Mundodisco.
Mi relación con Terry Pratchett tiene su historia. Hace ya bastantes años recomendé a un amigo el libro de culto "Marciano, vete a casa" de Fredric Brown como paradigma de la comedia escrita. Al de unos días me lo devolvió con una leve sonrisa condescendiente y me dijo una frase repleta de razón que nunca olvidaré: "Es un buen libro. Pero te hace reír una vez cada tres páginas. Si lo que quieres es morir de risa al menos tres veces por página, tu hombre es Terry Pratchett."
66 años, tenía el autor británico. No es edad para morir. Y por si fuera poco, en este caso no podemos citar siquiera la consabida frase "al menos nos quedará su obra". No, así como siempre he concebido una Tierra Media en la que Tolkien se haya presente en cualquiera de sus recovecos ("he puesto en esta obra mi vida y mi sangre", dijo a su editor), ahora no puede ser lo mismo releer el Mundodisco a sabiendas de que su artífice no está aquí, riéndose con nosotros en algún lugar del Planeta Tierra. A carcajada limpia.
Probablemente el último sonido antes de que el Universo se repliegue sobre sí mismo, será alguien diciendo: "¿Qué ocurre si aprieto esto?."
"Articulo escrito por Little White"
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